CONTACTO





En septiembre de 1939 atracó en el puerto de Valparaíso, en Chile, un singular barco.El Winnipeg, repleto de inmigrantes
republicanos  españoles que huían de la guerra y de los  campos de  concentración, había sido una idea del poeta  Pablo
Neruda, que vivía en París. La  mayoría  de  los  inmigrantes  se quedó en Chile y aún cuenta la historia  de  su  salvación.
Una caricia de Neruda. La palabra Winnipeg es alada. La vi  volar por primera vez en un atracadero de vapores , cerca de
Burdeos. Era  un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los  siete  mares  a lo largo  del  tiempo. Lo cierto es que
nunca llevó  aquel  barco más de  setenta  u  ochenta  personas a bordo. Lo demás  fue cacao, copra, sacos  de café y de
arroz, minerales.  Ahora le  estaba  destinado un cargamento más importante: la esperanza. Una bofetada a Neruda. En su
calidad de cónsul especial en París recibió un telegrama de un gobierno chileno presionado que decía:“Informaciones de
prensa  sostienen usted efectúa inmigración masiva española. Ruego desmentir  noticia o cancelar  viaje  de  emigrados”.
La ira de don Pablo Neruda tomó dos vertientes. Hacer una gran conferencia de prensa con un barco de fondo repleto de
inmigrantes y suicidarse en el acto o desafiar el escudo patrio, que reza  “Por la razón o la fuerza”, y desembarcar  con los
nuevos  camaradas en Chile “Por la razón o la poesía”. Ni lo uno ni lo otro. Tomó un teléfono que poco servía a mediados
de 1939 y gritó tan fuerte que hasta el propio presidente chileno, Pedro Aguirre Cerda  (del Frente Popular que aglutinaba
a radicales, socialistas y comunistas), se tapó los tímpanos y no escuchólas  quejas de la derecha criolla contra los futuros
navegantes españoles, que estaban  muriéndose  en los  campos de  concentración del sur de Francia o en las arenas del
Sahara. Por  suerte  tampoco oyó los  dardos del embajador  chileno de ese  entonces en  París, Gabriel González Videla,
celoso del protagonismo que empezaba a asumir la larga y narizona figura de don Pablo.
En París ya terminaba el verano y más de 500.000 personas habían traspasado los Pirineos desde enero, en pleno invierno
nevado, justo cuando los últimos bastiones de la resistencia catalana sucumbieron a las bombas nacionalistas, después de
tres largos  años de pólvora. Se  trató de un lamento de éxodo que  traspasó  fronteras  ante  el  inminente  chispazo  de la
segunda guerra mundial que, en definitiva, se prendería unos meses después, y de la poca ayuda del  gobierno francés de
Léon Blum con los exiliados ibéricos: un plato de lentejas al día entre alambres de púa.
El poeta  chileno estaba  enclaustrado en ese  entonces en el  balneario de Isla  Negra –en esa  época a  varias  horas  de
Santiago– sacando las primeras puntadas a una de sus obras cumbres, el Canto General, y vivía a sus treinta y tantos años
muy  distante  del humo  de  las tertulias y de los vinos tintos que había recitado al lado de Federico García Lorca, Miguel
Hernández  y  Rafael Alberti,  en  su  paso  diplomático  por  España  y  Francia  unos años  antes. Quizá  de  ahí  brotó  la
mortificación  por no poder salvar a cuanto español con brazalete republicano se le apareciera  en el  camino. Se trataba
de un  despertar político inclinado hacia el rojo profundo del otro lado de Europa y que se mezclaba  sin remedio con sus
versos; era  su corazón y el apego a las causas proletarias que luego estampó en sus odas y lamentaciones. O pregúntenle
al Canto de amor a Stalingrado.
Así que una vez asumió, en 1938, el nuevo mandatario con tintes  progresistas en Santiago, dejó en las bodegas del alma
sus  versos  de  América  precolombina  y  empezó la  más  noble  misión que  hizo  en  la  vida. Don Pablo, con la pierna
enyesada  y   recién  operado,  se  presentó  ante  Pedro  Aguirre  Cerda  y  le  contó  su  loca  idea  de  traer  españoles.
–Sí, tráigame millares de ellos –le respondió el hombre de la banda tricolor–. Tenemos trabajo para todos los pescadores;
tráigame vascos, castellanos, extremeños, gente con varios oficios, labriegos y carpinteros.
Sin contratiempos y con un orgullo infantil, don Pablo partió arriba del  vapor  Campana  la  segunda  semana de abril de
1939, con escalas en Argentina y Río de Janeiro donde pudo hacer las primeras migas para el Servicio de Evacuación de
Refugiados  Españoles  (Sere)   y  conseguir  algunos  billetes  para las  alforjas  de  financiamiento  de  esta  empresa  de
salvataje. Neruda llegó rozando el mes de mayo a la capital francesa, se instaló con su segunda esposa, Delia del Carril la
hormiguita, en la calle Quai de l’Horloge y compartió techo con su amigo y poeta Rafael Alberti. Presentó sus papeles en
la  embajada  chilena  y  se  puso  manos a la obra en una  pequeña  oficina en el cuarto  piso, sin  ascensor  y al lado de
los olores de la cocina.
Los  problemas  empezaron con la  aparición de un  curioso personaje, Manuel  Arellano  Marín, que se desempeñó como
secretario privado de la operación y que, gracias  a  sus  dotes de charlatán, recorrió los  escondites  republicanos en toda
Europa para recaudar unos fondos que nunca llegaron a las manos del poeta. Le sirvieron, sin embargo, para sostener una
estadía  de lujo en Hollywood  y  Nueva York, antes de caer en desgracia sin abandonar  jamás el  arte del cuento del  tío,
como le dicen en Chile a la poca palabra de los estafadores. En la embajada, una  vez se  echó a correr  el murmullo del
barco,  desde  todos los  campos de  concentración  llegaban  solicitudes.  Heridos  de  guerra, familias  sin padre  y  otros
desesperados  subían las escaleras de la  sede diplomática y sacaban un cupo  para  América. El  grupo  trabajaba  como
abejas  para conseguir la gente  adecuada  según el  mandato  presidencial y una  nave que  aguantara en alta mar a los
miles de  refugiados. Lo escribe así: “Eran  pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una  muestra  de  la fuerza, del
heroísmo y del trabajo. Mi poesía en su lucha había  logrado  encontrarles  patria. Y me sentí  orgulloso”. Viene la primera
ruptura entre el romanticismo y las banderas de la  verdad  histórica. En una de sus  memorias, don Pablo sólo  se limita a
contar que cuando vio por primera vez a ese barco de carga francés supo que su sueño terminaría en los puertos chilenos.
Pero detrás de la nobleza de ese  navío  se escondía  un origen  canadiense y la fachada de una de las  tantas  empresas
lucrativas del Partido Comunista francés, la Compagnie France- Navigation, que no tuvo reparos en arrendar su nave para
la causa  nerudiana. Y don  Pablo lo sabía. “Mucha  de la  poesía  del  Winnipeg  es  mentira. Tiempo después  del  viaje
descubrí  que uno de los tripulantes era  fundador del Partido  Comunista  francés y ahí me enteré de verdad  quién había
financiado el barco”, revela el pintor  José  Balmes, uno de los pocos  sobrevivientes de la travesía que queda vivo. Como
sea, los pulmones del viaje se llenaron oficialmente gracias a las monedas del gobierno republicano en el exilio y a unos
extraños seres religiosos los cuáqueros, que se aparecieron en el puerto de embarque y pagaron la mitad de cada pasaje y
visado. Don Pablo sólo se enteró de que eran una especie de secta religiosa inglesa que seguían los credos del predicador
George Fox, pero qué importaba. Estaban haciendo una buena obra.
En el puerto de Pauillac, cerca de los viñedos de Burdeos, reposaba  tranquilamente  el carguero  de mil batallas y 5.031
toneladas. Los días eran azules. Raudamente se acomodaron los seis pisos de las bodegas, se pusieron todas las literas de
madera posibles y se dejó impecable la cubierta para la travesía. Neruda  y  dos  funcionarios  franceses se  trasladaron al
puerto para finiquitar los trámites en el segundo piso de la gobernación marítima, que un año después  sería destruida por
los nazis, donde a cada  viajero se le  sacaba una foto de  registro y se le daba un papel de  autorización. Trenes de toda
Francia  transportaron a los españoles a la costa. Pero nadie, ni los  más  intelectuales, sabían  algo  sobre Chile. La gran
mayoría había escuchado hablar del México de Lázaro Cárdenas que abría sus puertas a más de 10.000 inmigrantes de la
guerra y de Rusia y que apoyaba  los  ideales  republicanos. Pero de Chile, pocazo.  Uno  que otro  recuerda  que en una
carretera valenciana había un letrero que decía  “Salitre  de  Chile”.  Incluso cuando  vieron que don Pablo  y  señora los
recibían con  trajes blancos, de  sombrero  y sombrilla, pensaron que el país austral era tropical, de bananos, piñas y muy
cerca  del  Caribe. “Así  se  vestirán  allá”,  susurraban. Mientras  la calma  mecía  el vapor, en  Chile la atmósfera  por  el
“problema de los refugiados” adquiría carácter de turbulencia nacional. Desde los micrófonos del  Senado y las crónicas
del Diario Ilustrado y El Mercurio aparecían los cuestionamientos más ácidos al gobierno pues detrás de la inmigración de
ex combatientes de guerra, acusaban, se escondía un puñado de ladrones y asesinos.
Don  Pablo,  sin  conocer la  trifulca  en  su  país, embarcó a toda prisa ese  4  de  agosto de 1939  a  poco más de 2.000
refugiados: 1.160  hombres, 540  mujeres y 350  niños. A  su  lado  había  cientos que  se  quedaron mirando el horizonte
oceánico  porque  los  visados no alcanzaron  para  todos. Uno  de  ellos  se  salvó. –¿Usted es trabajador de corcho? –le
preguntó don Pablo. –Sí, señor –dijo el campesino manchego con siete hijos. –Hay una equivocación porque en Chile –
replicó el poeta– no hay alcornoques. –Pues los habrá de ahora en adelante –respondió. –Suba al barco. Usted es de los
hombres que necesito. Esta misma historia continúa 64 años más tarde con los mismos protagonistas en algunas ciudades
de  Chile. Y pese a las décadas de distancia con la  aventura  del  Winnipeg,  estos  pocos  sobrevivientes  no  la  pueden
olvidar; la llevan en el corazón. En el alma de un desterrado, por más profundo que sea el amor hacia otra tierra, siempre
estará presente la esperanza de volver a las raíces. Y en el caso de estos veteranos con bastón, Chile se transformó en una
posada sin retorno. Su melancolía del viaje aparece con mayúscula entre los  viajeros, que bien contados no  superan los
setenta, y emerge de su sangre ibérica un relato fidedigno que seguramente los  nietos  están  aburridos de oír  y cantar.
Los encontré con  sudor,  contaban  sus  vivencias de  navegantes en los  treinta  días  de  travesía. Una  crónica  de viaje
apartada de los cuentos y más cercana a los relatos endulzados por los años. Valparaíso me abrió sus puertas una mañana
de abril. Como siempre, el puerto sonreía desde los cerros. Entré poco a poco entre sus casonas victorianas y pregunté en
voz  baja por alguno de estos  marineros. “No, mijito, todos  ya están muertos”, sentenciaban  los porteños.  “El  último que
quedaba, un artista, falleció hace un mes”. Incluso en el mismo lugar donde el Winnipeg d esembarcó el 3 de septiembre
de 1939, el muelle Prats, nadie sabe de estos menesteres. Ni los viejos lobos marinos. Mal que bien, cada temporada son
cientos  los barcos que tiran soga en los atracaderos. Solamente un  pequeño  monolito color piedra a  un  costado  de la
explanada, que ni los perros callejeros respetan, conmemora los cincuenta años de la gesta del carguero. Nada mas Unas
cuadras  más  hacia  los cerros, en un edificio de  escaleras  profundas y con el rótulo de consulado honorífico de España,
renació la esperanza. La señora canosa con pinta de actuario de juzgado es  hija de uno de los  sobrevivientes. “Mi mamá
no  quiere  habla r de  esas cosas, mejor que no”, sentenció. Pero contó  que  todos los  días  un  viejito se  acercaba a los
sillones de las oficinas y relataba sin pelos su llegada a Chile. El viejito se llama Alfredo Disten, un asturiano que peleó en
el frente de batalla y que se embarcó en el Winnipeg a los 20 años, después de pasar por un campo de concentración en
el sur de Francia. Con una malgastada espalda de 85 años, se aparece todas las mañanas en ese oscuro consulado donde
intenta  burlarse de la soledad  y cuenta, con lágrimas, que se  quedó  en  Valparaíso  eternamente  y  que  trabajó  como
conductor de buses y taxis. “Yo  venía  de  Gijón, de  Asturias, y  por  eso  me quedé en  Valparaíso, ya que no puedo vivir
lejos del mar”, enfatiza. La misma suerte corrió el empresario  Pablo Baquedano y su familia de origen  vasco. Su travesía
comienza cuando su padre, después de combatir en la guerra y  quedar  mutilado, los buscó por toda Francia. Aunque su
madre pensaba que era viuda después de cruzar los Pirineos con sus hijos, mandaba cartas y mensajes al frente de batalla
con palabras de amor sin saber si llegaban al destinatario. Su familia desnudaba la tristeza porque su hija mayor consiguió
refugio en Rusia y ellos se embarcaban sin papá en la locura de Neruda. “Nos  subimos al barco cuando tenía apenas tres
años y  mi hermano cuatro. Una vez en cubierta y entre el tumulto de gente vimos a  mi padre que  nos había  seguido los
pasos por  Francia, así  que nos  abrazamos todos muy fuerte”,  recuerda. Este  vasco hizo  su  vida  chilena  campestre en
Quillota, al interior de Viña del Mar, pero luego volvió al cerro  Cordillera  de  Valparaíso. Puso  una  tienda de  abarrotes
llamada  Menestras  Pepita, en honor de un  longevo loro, hasta que se  embarcó en la  movida  empresarial  y  montó un
restaurante al lado de su hermano  Juan, que  atiende los  famosos  Baños  Turcos  del  Parque. Con estos  relatos  en una
libreta  salí de  Valparaíso  a  buscar  el  rastro  de  otros  sobrevivientes. Fue en  Santiago  donde se refugió Elías Vila, un
madrileño que estuvo en la cubierta del Winnipeg con tres añitos, y que siguió el ejemplo  de su  padre  como  empresario
en suelo austral. “Siempre tuvimos la esperanza de volver a  España,  que sólo nos  quedábamos cuatro o  cinco  meses y
durante los primeros años la única preocupación era cómo volver. Pero sin darnos cuenta, nos fuimos penetrando en este
país  y nos  quedamos  para siempre”, aclara. Su relación con  España  no  ha  terminado, ya  que  montó  una  tienda de
importación de productos ibéricos, quesos de Burgos, mariscos gallegos y jamón serrano en el barrio estirado de la capital
y todavía pronuncia, con su voz de ingeniero civil de la IBM, el pronombre “vosotros” en  vez de ustedes para  contarnos la
calidad técnica de los hombres que desembarcaron. “En Chile casi no se comía pescado y los españoles dedicados a la
pesca pusieron puestos de mariscos en todos lados –recuerda–. Incluso muchos carritos se llamaban Winnipeg”.
Pero sin  duda  la memoria del  pintor  José  Balmes  es  la  más privilegiada. En pocas  horas  puede  reconstruir el  viaje
completo, con nombres, fechas y anécdotas increíbles. Contar, por ejemplo,  que su  padre  era alcalde de un  pueblo de
Cataluña y que después de pelear en el frente arrancó con los suyos a tierras francesas a través  de los  Pirineos junto a la
familia  Bru. Recorrió  castillos,  pueblos  franceses  y   trenes  hasta  subir las  escaleras  del  arco  en  Burdeos. Para  ese
entonces, José tenía doce años y fue uno de los que ayudaron a pintar un cuadro del presidente de Chile arriba del vapor
antes de llegar a  tierra firme. Una vez en la capital chilena,  Balmes  se dedicó al arte y a los dibujos hasta que en 1973,
la dictadura de Pinochet lo exilió por ser decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile en el gobierno
de Salvador Allende. “Llegaron los militares y me encerraron en uno de los cuartos. Todos pensaban que me iban a matar,
pero los oficiales prefirieron las llaves de una camioneta y se fueron felices arriba de ella. Supe en ese  momento que era
la hora de irme”. Fue su segundo destierro francés y aprovechó para recorrer con sus pinceles la travesía  que había hecho
años antes por todos los pueblos franceses hasta llegar a la costa de Pauillac. Muy cerca de  Balmes está la pintora Roser
Bru,  que bailaba los  16 años cuando  viajó en el  Winnipeg. Su  padre  era   diputado  en  Cataluña e hizo contacto con
Neruda  en  París. Aunque no le gusta hablar de añoranzas, en sus  pinturas  siempre  está  el  recuerdo de la  guerra  civil
española o de la  dictadura  de Pinochet. “¿Conoces a Kappa?,  sus  fotos sobre la  guerra son uno de mis  personajes. Me
llama la atención la expresión del soldado caído en esa España negra junto a los colores de la bandera republicana” dice.
Este puñado de confesiones y muchas otras son los ingredientes principales para hacer de nuevo un recorrido de palabras
por los dos océanos, tal como lo hizo el  Winnipeg  hasta  su destino  final, el  corazón  de  Valparaíso. Fue  una  mañana
tranquila la del 4 de agosto de 1939 cuando  enfiló hacia  el mar  Cantábrico, por  arriba  de  España, el famoso barco de
Neruda. Desde las ventanillas, la proa, la popa y la cubierta los nuevos “chilenos” se despidieron con las manos al aire del
viejo puerto de Burdeos y de los ojos aguados del poeta, de don Pablo. Las  mujeres  y  los  niños  menores de  doce años
quedaron asignados en literas separadas de los hombres, pero tanto orden se desparramaba porque los vascos se juntaban
a toda hora con los vascos, los catalanes cantaban con sus paisanos catalanes y los asturianos se reían a carcajadas en un
coro asturiano. Cada persona recibió una frazada y  una colchoneta de paja. Abajo, en las bodegas reacondicionadas, el
ruido del mar hacía una fiesta. En cubierta, las damas enseñaban a los infantes clases de español y francés. El joven José
Balmes dibujaba al cojo del barco, al capitán Gabriel  Pupin, a la gran chimenea de humo y a algunos peregrinos en los
botes salvavidas. Todas las mañanas, la tripulación francesa ponía de alarma el canto de la juventud soviética: “el pueblo
que crece y labora...”. Sin embargo, como  en  todo  barco, había  distinciones. Los  de  primera  clase  gozaban de unas
hamacas de descanso o sillas para el sol hasta que la rabia de un  desconocido de  tercera  categoría  las  tiró  al mar. La
comida no era nada  especial, pero los porotos, los garbanzos y las lentejas  sabían mucho mejor  que  en los  campos de
concentración. Ya en la ruta del Atlántico desde los pasillos se podía ver la filosa compañía de los tiburones, aunque más
abajo rondaban submarinos nazis o franquistas que sospechaban de las intenciones de la nave. “Como  nadie conocía el
destino, les preguntábamos a unos pasajeros chilenos que habían peleado en la guerra sobre su tierra y ellos pusieron una
pizarra  donde  descubrimos  que  ese  país  era  largo, que  tenía ciudades  curiosas y que quedaba en el fin del mundo”,
recuerda  Alfredo  Dinten. A los españoles les  causaba  curiosidad  y  picardía  un  pequeño  pueblo  sureño  de  nombre
Putaendo. Por culpa del hacinamiento, mucha gente dormía en cubierta y en los botes de emergencia. Incluso, para los
más enamorados, se llegó a reglamentar horarios para las citas amorosas dentro de las embarcaciones menores, cubiertas
por  una  lona,  sin que  las  autoridades  supieran. El ruido los delató. A lo mejor, esa  pasión  fue  un  incentivo para que
naciera el primer bebé a bordo y le pusieran Agnes América Winnipeg. Y no fue el únicoalumbramiento en el viaje.
La primera parada fue en la isla Guadalupe, posesión francesa en las Antillas. No se pudo bajar nadie a estirar las piernas,
pero los navegantes sintieron por primera vez la  humedadde las  palmeras  mientras el  viejo  vapor  francés  cargaba sus
baterías. En pequeños botes  llegaban lugareños a  vender sus  mercancías y desde arriba  les  tiraban  francos. Los ágiles
niños caribeños  se  lanzaban al  mar, sa  caban las monedas  y mostraban una fila perfecta de dientes de nácar. Ya en el
ocaso, partieron rumbo a Panamá. La idea era cruzar antes del estallido de la guerra, pues tocaba devolverse a Francia si
cerraban las compuertas del paso al océano Pacífico. El 20 de agosto tocaron suelo americano con el mismo calor de las
Antillas.  Y   tuvieron  que  esperar  unos  cuatro  o  cinco  días  para  cruzar  el  canal,  después  de  pagar  los  derechos
correspondientes. Los franquistas que vivían allí  hicieron una manifestación contra los viajeros y les gritaban criminales y
comunistas. Pero otros panameños, al contrario expresaron su amabilidad y se acercaban lo más posible al Winnipeg para
lanzar piñas, bananos y mangos en señal de aprecio y afecto. “Miraba por dónde escaparme si no nos  dejaban  pasar. En
ese momento pasó cerca una embarcación chilena de la que nos gritaban ofensas. Hicimos municiones de papel y se las
tirábamos con el mensaje de cabrones”, recuerda un  pasajero. La espera  sirvió y finalmente pudieron ver la grandeza del
Pacífico. Un refugiado observó en la proa que el navío dejaba una estela en círculos y fue a  hablar con el capitán, quien
pidió calma y discreción. La  respuesta la  recibió entre los pasillos de las literas, se debía a que el barco presentaba una
avería  que  se  arregló sin el menor ruido. Colombia,  Ecuador y Perú fueron un paisaje  distante  desde la cubierta y sólo
pudieron  reposar en tierra firme en Arica, el primer puerto de Chile. “Según su oficio se quedaron los  primeros españoles.
Primero bajaron los pescadores y algunos mecánicos”, recuerda otro viajero.
Ya quedaba poco, menos de una semana. Así que el nerviosismo se arropó con la esperanza. Algunos  quisieron rendir un
homenaje al presidente Aguirre Cerda, copiaron una pequeña foto y pintaron un gran cuadro que sirvió de bandera patria
de la nave. Llegaron al puerto de Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939.Las estrellas se encendían en el mar y
se confundían con los destellos de esa desconocida parada. “Parecía Barcelona”, exclamaba alguien. Se asemejaba a las
ciudades  mediterráneas,  y  no era una noche triste, sino larga. Quizá, la más  larga de  la vida. El capitán  pensó que era
mejor llegar de día, ya que estaba el rumor en tierra de que los viajeros venían enfermos. “Mirábamos  el  puerto, las luces
de los cerros y llorábamos como niños.Se veía hermoso. Las estrellas se prolongaban en los cerros y llegaban hasta el mar
en varias filas amarillas. Esa noche nadie durmió”,  recuerda uno de los  navegantes. Con los  primeros  destellos de luz de
ese domingo primaveral el barco ingresó a la bahía y tiraron las escaleras. Una multitud los esperaba, con palco de honor
y música de fondo. Por supuesto que estaban las autoridades, amigos y simpatizantes del Partido Comunista y Radical. Un
grupo de enfermeros del  Ministerio de  Sanidad los  esperaba  para  vacunarlos  antes de  repartirlos  entre la s olidaridad
porteña  y  santiaguina. Lo curioso es que la persona que lideró la vacunación de los  refugiados, el  ministro de Sanidad,
años  después  cambiaría  el  rumbo  de  la   historia   chilena.  Era   Salvador   Allende.  De  apoco  fueron  bajando  los
sobrevivientes en el sitio A del espigón. El primero en pisar el suelo gritó:“¡Viva Chile! Venimos a trabajar y a honrar a este
país”. Después del almuerzo, dos trenes esperaban a 1.200 refugiados para llevarlos a Santiago. Los  demás  se quedarían
cerca del mar. Y de ahí, cada uno tiene una historia propia que contar en un país  diferente a su España natal. Cada uno
enfiló para su lado y sin problemas en un territorio donde faltaban trabajadores, técnicos y empresarios pero todos llevarán
presente hasta la tumba ese viaje que partió en el corazón de un poeta y se hizo realidad gracias a la generosidad de un
pueblo. Formará parte del mito de esta aventura dónde está ahora el Winnipeg. Unos pocos dicen que fue hundido en las
costas americanas, pero otros sostienen con mayor credibilidad que los submarinos nazis lo mandaron al fondo del mar en
el Mediterráneo español, muy cerca de las islas Azores. Dondequiera que esté, mis respetos y saludos.
CHILE
Fernando Cárdenas
2003. CSC.1.178
LOS SOBREVIVIENTES DEL WINNIPEG
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